Hay muchísimos estilos de arquitectura que se han ganado un hueco en la historia por haber marcado un antes y un después en la estética de las ciudades. Entre ellos, por su estilo tan identificable y auténtico, el Art Déco guarda un lugar especial.
El movimiento Art Déco (abreviatura de Arts Décoratifs), abarcó las artes visuales, la arquitectura y el diseño, y surgió en Francia antes de la Primera Guerra Mundial. Durante las décadas de 1920 y 1930 se extendió por medio mundo. Fue en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas de París de 1925 cuando arquitectos, diseñadores y artistas pusieron de moda este estilo que rompía con las formas orgánicas y fluidas del Art Nouveau.
A partir de ahí, su éxito fue tal que marcó su impronta no sólo en edificios y espacios habitables, sino en joyería, cristalería, moda… y hasta en trasatlánticos. De ahí que elevara a la categoría de las bellas artes a objetos que hasta entonces se habían considerado simplemente útiles para la vida cotidiana.
Más concretamente, en cuanto a la arquitectura Art Déco y sus características, esta apostó por la verticalidad, con ejemplos en rascacielos de grandes e imponentes ciudades, principalmente Nueva York (el edificio Chrysler y el Empire State Building son los ejemplos más célebres). Los motivos y formas geométricos, la influencia clásica, la simetría, la riqueza de materiales y la ornamentación de altísima calidad son algunas de sus principales características.